Cristina Daura: Color, humor, dolor (parte I)

Cristina Daura es, a día de hoy, una de las ilustradoras más influyentes de nuestro país. Hace no mucho entró en la treintena y desde su Barcelona natal trabaja para clientes como The New York Times, The New Yorker, The Wire, El País, Penguin, Blackie Books o Nike, entre otros.

Su reconocible estilo juega con paletas de color básicas y saturadas, composiciones arriesgadas, caos organizado, surrealismo, humor y dolor. En su obra no faltan elementos característicos que se repiten a modo de mantra o pequeños guiños a sus amigos y amigas. Su mayor logro: cada imagen es capaz de contar una historia.

Todas las características de su trabajo bien podrían aplicarse a su persona, excepto el surrealismo: Cristina es real, natural, divertida y directa. Y tras un par de mensajes por Instagram es capaz de decirte que está por tu ciudad, que si te bajas a tomar algo.

Hola, Cristina.

En primer lugar, muchas gracias por concedernos esta entrevista. Somos grandes seguidores de tu universo visual.

P. Empecemos por el principio. ¿Qué recuerdos tienes de tu infancia y adolescencia que crees que han podido influir en tu carrera artística? ¿Existía ya una predisposición anterior a tus años de estudios especializados?

R. Desde que tengo memoria he dibujado. Crecí viendo la tele, dibujos animados por un tubo. Solía dibujar manga mientras lo hacía. Aunque ninguno de mis padres se dedican a disciplinas artísticas, siempre tuvieron inquietudes culturales y nos llevaban a mi hermano y a mí al cine, al teatro y a museos, tanto en Barcelona como cuando viajábamos. Esas paredes repletas de cuadros me hacían pensar, de algún modo, que si había pinturas por los que la gente pagaba por ver, sería posible ganarse la vida pintando. Uno no es consciente de que sabe dibujar bien hasta que los demás te lo dicen. Cuando recibía ese tipo de comentarios, empezó a surgir la expectativa de que pudiera dedicarme a ello profesionalmente.

También estaba muy influenciada por los cómics. Mi padre colecciona discos y le gustaba mucho Tintín y la revista MAD. A mi hermano le encantaba Mortadelo y Filemón, y leíamos bastante a Ibáñez. Conforme crecíamos, mi hermano empezó a comprar revistas de El Víbora o cómics de La Cúpula (Clowes, Crumb… que me flipaban) y yo paralelamente leía mucho manga. Todo esto iba sumando, influyendo y construyendo.

Desde que tengo memoria he dibujado. Crecí viendo la tele, dibujos animados por un tubo. Solía dibujar manga mientras lo hacía.

He de remarcar también la importancia de haber sido “la rarita”, cosa que influye a la hora de construirte una actitud o personalidad. Cuanto más rara te vea la gente, mejor, porque de alguna forma estás rompiendo con lo establecido y desarrollando inquietudes propias. El término “frikismo” me parece una gilipollez y no se trata de forzar las rarezas, sino de ser feliz con tus inquietudes, que puede que no sean las más comunes, pero te hacen especial y construyen un carácter concreto y particular. Para mí esto constituye un plus, aunque en ciertos momentos de la vida puede ser una mierda porque te hartas de que te hagan bullying. Yo pasé por eso. Toda mi adolescencia e infancia padecí marginación, pero al final encuentras tu lugar, te haces fuerte y te rodeas de gente que merece la pena. Son aspectos que trato de hacer visibles en mi trabajo.

P. Muchos de los lectores de este blog están aún estudiando, ¿nos puedes contar un poco sobre tu formación académica? ¿Dónde, qué y cuándo estudiaste?

R. Existe un episodio importante previo a mi formación académica reglada. Durante mi niñez, me obligaban a hacer actividades extraescolares, normalmente deportivas y sin posibilidad de elección. Con unos nueve años, gané un premio de dibujo libre de una asociación del barrio y lo utilicé para convencer a mis padres para apuntarme a la escuela de dibujo que había junto a mi colegio. La cosa es que era una escuela para adultos, pero le caí bien a la señora y me aceptó como única niña. Allí estuve casi diez años aprendiendo a dibujar: proporciones, bodegones, gran formato, pintura… hice de todo y de una manera muy estricta, por lo que me curtí un montón. Era mi rincón de felicidad. Desde entonces tuve claro que dibujar era lo que quería seguir haciendo.

A los 18 años empecé Bellas Artes porque creía que era lo que tenía que hacer: estudiar una licenciatura. Esto fue una gran cagada porque desde el primer año me di cuenta de que no era mi sitio. Yo vengo de una familia muy exigente a nivel académico (quizá demasiado), donde tienes que dar lo máximo de ti mismo. Los errores cometidos dolían mucho y por lo tanto nos lo tomábamos como fallos que hacían mella. La carrera de Bellas Artes no me motivaba e incluso me llevó a un estado depresivo. Definitivamente había fallado.

A los 18 años empecé Bellas Artes porque creía que era lo que tenía que hacer: estudiar una licenciatura. Esto fue una gran cagada porque desde el primer año me di cuenta de que no era mi sitio.

Afortunadamente, me llevaba bien con una chica algo mayor que yo y que estudiaba ilustración en La Massana. Me comentó que encajaría mejor estudiando ilustración que Bellas Artes por mi estilo y por mi interés por los fanzines y los cómics. Esto me alentó a informarme y me di cuenta de que la gran mayoría de dibujantes de cómics que yo veneraba trabajaban de ilustradores en algunos medios, por lo que me animé a hacer la prueba de acceso (que tenía una nota bastante alta) y entré. En esos años lo pasé genial y aprendí muchísimo. Por las mañanas era la primera en llegar y siempre daba lo máximo de mí misma. En parte, por esa herencia de la autoexigencia familiar y, en parte, porque me encantaba.

Aparte de los tres años de estudios en La Massana (dos presenciales y uno de proyecto final), quise hacer un semestre en el extranjero y acabé en Baltimore, donde las pasé canutas, también hice prácticas en Nobrow Press en Londres, que por entonces no eran tan conocidos como ahora.

P. Y de las aulas de La Massana a trabajar desde Barcelona para clientes de todas partes del mundo. ¿Cuáles fueron tus primeros pasos tras graduarte y cómo surgió esa escalada?

R. Al graduarme, nos encontrábamos ya en plena crisis de finales de la primera década de los 2000, por lo que no había trabajo por ningún sitio. Además, un problema importante de La Massana y otras muchas escuelas de arte es que no te enseñan a enfrentarte al mundo laboral, a cómo funciona o cómo conseguir o presentarte a un cliente. En definitiva, cómo poner en práctica todo lo aprendido. Al menos teníamos Internet y podíamos colgar nuestro trabajo en blogs o plataformas como Flickr.

Un problema importante de muchas escuelas de arte es que no te enseñan a enfrentarte al mundo laboral.

Como no tenía encargos, seguía dibujando por dibujar, que es una cosa que mucha gente pierde. No tener proyectos no quiere decir que tengas que dejar de trabajar. Puedes hacerte tus propios curros, inventarte tus propias historias a modo de práctica. En mi caso, me encantaba la música en directo y diseñaba carteles ficticios de bandas que me gustaban o de conciertos a los que iba a ir, incluso por gusto, sin que me los encargaran. Por entonces estaba metida en colectivos que hacían fanzines y más tarde creé el mío propio con unas amigas. Involucrarte en este tipo de proyectos te obliga a aprender de imprenta de distribución, lidiar con clientes y entregas, cómo hacer facturas… Así que fui picando piedra mientras no tenía trabajos remunerados.

En estos primeros pasos al abandonar La Massana, llegué a venderme o forzar mi estilo para “gustar”, atendiendo a lo que se estaba pidiendo en ese momento. Dibujaba cosas que no me gustaban nada, muy felices, infantiles y naíf… Pensaba que eso me daría curro. Iba dando palos de ciego, pero considero que no fueron en vano porque me fueron curtiendo. Como dejaba caer antes, algunos errores te acaban llevando por el camino correcto, como fue mi intento fallido en la Facultad de Bellas Artes.

En estos primeros pasos al abandonar La Massana, llegué a venderme o forzar mi estilo para “gustar”, atendiendo a lo que se estaba pidiendo en ese momento.

Paralelamente a esa traición a mi estilo, seguía ilustrando proyectos personales, que sí que me gustaban y que iba perfeccionando sin responsabilidad hacia terceros, es decir, hacía lo que me daba la gana. Eso sí, me frustré un montón, fue una época muy mala a nivel de estrés y ansiedad. Dudaba de si sería capaz de dedicarme a esto a tiempo completo, tenía otros empleos… Pasaba muchas horas en el estudio y no tenían apenas tiempo libre, me forzaba a seguir dibujando… Volvía a florecer la autoexigencia familiar.

Entonces tuve un golpe de suerte, aunque considero que hay que trabajar para que estos ocurran y no parar de crear y cultivar círculos y amistades (siempre por pasión y no por interés). Tengo una gran amistad con David Peña (Puño) y en ese momento él estaba al cargo de “La ciudad en viñetas”, una iniciativa del Ayuntamiento de Madrid que consistía en hacer un cómic gigante que estaría expuesto en el hall del alto durante dos meses. A David lo conozco de la época del Fotolog y desde entonces hemos seguido en contacto, incluso le ayudé con su fanzine de “Ultraradio”. Entonces me ofreció participar y me dijo que tenía total libertad para hacer el cómic, además de estar muy bien pagado. Lo tomé como una oportunidad de oro, como mi puerta que me llevará a otros sitios.

Y funcionó. Desde que me gradué hasta ese momento habían pasado cinco años y fue cuando empecé a establecerme como ilustradora y estar cómoda con mi trabajo, con un flujo constante de proyectos que me permitía vivir tranquilamente.

P. ¿Requieren algunos de esos encargos del extranjero que te desplaces hasta allí? ¿Te ha brindado tu trabajo la oportunidad de visitar otros países?

R. Normalmente no requieren movilidad y las reuniones son por videollamada. Es un dinero que el cliente se ahorra. Sí que obviamente ha habido desplazamientos para alguna expo, feria o charla. No obstante, he aprovechado viajes personales a ciudades como Nueva York para conocer personalmente a clientes con los que ya trabajaba o entrevistarme con otros posibles colaboradores.

P. ¿Notas diferencias reseñables entre unos clientes y otros dependiendo de su nacionalidad? ¿Te atreverías a decir quién ha sido tu mejor cliente? ¿Y el proyecto del que estás más orgullosa?

R. Trabajo especialmente con Estados Unidos y con centroeuropea (Alemania), pero también con Japón o China y alguna cosa en España. Y cambia mucho. Mientras fuera de España todo se soluciona vía mail, aquí te mandan un correo para preguntarte si te pueden llamar para si te interesa una oferta, pero sin aclarar nada. No van al grano ni explican el tema ni te mandan un briefing con el que te puedas hacer una idea para dar una respuesta rápida. Supongo que prefieren el teléfono porque es más difícil decir que no por esta vía que por email en el caso de que el trabajo no te interese.

Mientras fuera de España todo se soluciona vía mail, aquí te mandan un correo para preguntarte si te pueden llamar para si te interesa una oferta, pero sin aclarar nada.

Los americanos (con quien más trabajo) van al grano. Normalmente ni te piden presupuesto porque ya lo tienen cerrado y te dicen “esto es lo que hay” y si decides no hacer el trabajo lo respetan bastante, no son pesados. En España, sí lo son. Me han ofrecido proyectos que no me interesaba hacer y seguían insistiendo. Se ve que al orgullo español le cuesta la negativa.

Alemania a nivel creatividad son muy cerrados, no te dejan volar demasiado, lo tienen todo muy masticado. Depende de qué cliente norteamericano, también. Algunos ya sabes por lo que te vienen y te piden siempre lo mismo, por lo que se cierra un poco la magia de hacer cosas diferentes. Japón por lo general es muy divertido y entrañable, pero agobiante porque se dan a entender muy mal por escrito. A nivel nacional hay libertad y no: 50/50. Por suerte las pocas veces que he trabajado con cliente español, casi siempre con El País, he estado muy cómoda.

Respecto a los proyectos con los que me siento más orgullosa, le tengo especial cariño al de “VERANOS DE LA VILLA” del Ayuntamiento de Madrid en 2019 (hablaremos de él más adelante). Aunque también me encanta hacer portadas de disco y me siento orgullosa de todas ellas.

P. ¿Trabajas desde casa o tienes un estudio/taller? ¿Cómo es tu día a día y tu proceso de trabajo?

R. Desde hace casi dos años trabajo en mi casa. Pero desde los 19 me he buscado la vida (en casa de mis padres no podía currar) y subalquilaba mini estudios en casas de gente pagando algo simbólico. Al terminar La Massana alquilé un taller junto con unas amigas y lo convertimos en un coworking. Éramos 13 y estuvimos tres años compartiendo. Aunque el espacio era grande, resultaba un poco agobiante. Era como compartir piso, con las peculiaridades de cada una de tus 12 compañeras. Por lo tanto, ocho decidimos movernos a otro taller que me encantaba y en el que estuve trabajando cinco años.

Ahora que trabajo en casa, generalmente lo que hago es levantarme temprano, desayunar bien, a veces me ducho antes de ponerme a currar y otras no (depende de si tengo una entrega urgente). Siempre saco algún momento para hacer deporte (voy al gimnasio a dar clases) y por la tarde intento darme todos los días una vuelta. Voy buscando momentos de parón y no desatender la vida social. Claro, antes la tenía directamente en el taller y ahora no. Miro la tele, limpio, hago ejercicio, voy a buscar algo de comer, a tirar la basura… Eso sí, antes trabajaba más temprano que ahora, me he relajado con esa autoexigencia.

Respecto a los procesos de trabajo: mucho boceto, mucha idea, busco referencias a saco y empiezo a dibujar en papel. Exploro cómo se puede diseccionar la información, cómo se puede distribuir y cómo la quiero expresar. Si esto lo aprueba el cliente, tiro adelante y dibujo el arte final, lo paso a la Cintiq, allí lo entinto y, si veo que algo que tenía en mente no funciona, lo cambio en ese momento. La última parte es colorear.

P. Siempre te autodefines como ilustradora o dibujante, ¿cómo te sientes con la etiqueta de artista? Tus ilustraciones han sido ya expuestas en varios países y galerías de prestigio.

R. No sabría decirte, yo me siento ilustradora porque me da la sensación de que es más un oficio propiamente dicho. Artista me resulta algo muy amplio. A nivel de sensibilidad, considero que hay un punto artístico en mi trabajo, en tanto en que lo artístico es más sensible o trata de expresar algo más personal, sea una crítica o un sentimiento, pero nunca diría que soy una artista, la verdad. Tampoco me siento una ilustradora al 100% porque el oficio es más mecánico a veces y yo no creo que mi trabajo lo sea tanto. Supongo que estoy en un punto intermedio. Sí es cierto que mi trabajo se ha expuesto en muchos sitios.

Yo suelo decir que soy ilustradora o dibujante de cómics, quizá porque la palabra artista la identifico con algo muy pretencioso, pero esto es una percepción personal.

P. Tu trabajo da color a “HERSTORY: UNA HISTORIA ILUSTRADA DE LAS MUJERES”, colaboras con la “Asociación de Autoras de Cómics” y llegaste a rechazar un encargo de Google por, cito textualmente, “abajo con cualquier mierda que de comer al ego de un montón de tíos dándole a una pelota”. ¿Cómo definirías tu compromiso con el feminismo o con otras causas de lucha necesaria? ¿Notas una evolución positiva en esta materia desde que empezaste hasta el día de hoy?

R. Creo que hay un punto en el que muchas mujeres hacen el “clic” y pasan a analizar su situación desde otro punto de vista. Incluso las que consideramos que hemos crecido en un ambiente bastante igualitario (con sus grises, por supuesto), hay un momento en el que analizas a la sociedad y dices… “Espera un momento, no hay tantas mujeres artistas, ¿dónde están?, ¿las hubo en algún momento?” Y entonces empiezas a investigar. A mí me ocurrió con 18 ó 19 años, en primero de carrera de Bellas Artes y me puse bastante en plan “muerte al machito”. Afortunadamente esta concienciación sobre el feminismo es hoy en día mucho más evidente porque existe una mayor consideración hacia el tema. Además hay cosas y actitudes de hace diez años que no envejecen bien y hoy en día se ven mal.

Hay un momento en el que analizas a la sociedad y dices… «Espera un momento, no hay tantas mujeres artistas, ¿dónde están?, ¿las hubo en algún momento?»

Lo más interesante es que existe un impulso mutuo entre mujeres artistas, lo que hace que estas empiecen a considerar vivir de algo creativo como una realidad viable. Cuando estudiaba ilustración me fijaba que muchos ilustradores que triunfaban y a los que yo admiraba eran hombres. En cambio, mi clase de ilustración estaba llena de mujeres, los tíos eran minoría. Entonces pensaba que no podía ser algo casual, que sería todos los cursos igual, pero quien acababa pudiendo ser ilustrador era preferiblemente un tío. Y me ponía a darle vueltas y es que histórica y socialmente hay un punto en el que conciliar ser mujer (especialmente la maternidad) y trabajar en algo creativo (o en cualquier otro campo) está lleno de dificultades.

Ahora hay más conciencia de ello y mayor visibilidad de la mujer, no solo por la cuota. Cada vez hay más mujeres trabajando en el campo creativo y cogiendo más y más fuerza, lo que ayuda mucho a que las que vengan detrás o están estudiando y quieran trabajar en un campo creativo, las tomen como ejemplo.

Continúa en Parte II

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